sábado, diciembre 30, 2006

El síndrome del viajero

La verdad es que debería precisar el título y decir el "síndrome del viajero de metro y de autobús urbano", porque no lo puedo aplicar a cualquier viajero. Hay una cosa que se da mucho en las estaciones de metro muy concurridas, que se me hace curioso. Esta tarde, como había quedado con mi padre y mi hermano en Canillas para comer, tuve que coger el metro en Nuevos Ministerios (linea del aeropuerto). Como es estación terminal, el metro está vacio cuando entras, y se llena salvajemente... aparentemente. Y es que la manía de los viajeros suele ser entrar en el vagón de cabeza y apiñarse todos como si fuera la vida en ello. Yo entré en el primer vagón, y cuando vi el agobio, me di cuenta de que pasando el primer vagón ¡estaba todo vacio!

Así que, en vez de salir por la puerta y entrar por la siguiente (más cómodo), decidí hacer un experimento y me dispuse a pasar entre las maletas y los viajeros. Empujando, claro, y pidiendo perdón. Cuando llegué casi a la cola del tren y vi que estaba vacío, me senté tranquilamente y me puse a observar al personal, a ver qué hacía. De todos los que empujé, sólo cinco o seis personas se dieron cuenta de que estaban apretados para nada, y decidieron moverse haca atrás. Los demás, misteriosamente, se quedaron apiñados en la cabeza... Misterios de la vida, diría yo. Y eso pasa en el autobús también, la gente sube y se queda en la parte delantera del pasillo, taponando a los que entran después, y dejando un cómodo lugar a los que se pasan al fondo. Por eso le llamo yo el síndrome del viajero, porque ni siquiera las ovejas lo hacen en el vagón de mercancías...